
Mientras algunos de sus colegas llevaban esta norma no escrita al extremo, cultivando una monotonía casi soviética, ella la subvertía instintivamente. A menudo pasaba los sábados por la tarde peinando las tiendecitas de ropa antigua de Candem Town, donde buscaba saldos de estilo quijotesco que, mientras no infringieran las normas del servicio, sí hicieran levantar unas cuantas cejas. Más o menos como en el colegio, y Liz sonrió al recordar las faldas grises plisadas que tenían la longitud regulada durante las clases, pero que subían hasta quince centímetros por encima de la rodilla durante el trayecto a casa en autobús. Quizás era una pequeña locura seguir con la misma guerra a los treinta y cuatro, pero algo dentro de ella se resistía a quedar sumergida por la gravedad y el secretismo del trabajo en Thames House.
Un pasajero que viajaba de pie la miró de arriba abajo, interrumpiendo su sonrisa. Liz evitó su mirada apreciativa y le devolvió el repaso visual, proceso que para ella resultaba como una segunda naturaleza. Iba vestido de forma elegante, pero con un toque tan sutilmente conservador que no parecía típico de la City. ¿Quizá los escalafones superiores de la enseñanza? No, el traje estaba hecho a medida. ¿Médico? Sus cuidadas manos parecían sugerirlo, así como la benigna pero inconfundible arrogancia de su valoración personal. Liz se decantó finalmente por un especialista con varios años de experiencia en la práctica privada, varias dóciles enfermeras trotando tras él y candidato a ser contratado por una de las facultades más importantes del país. Junto a él, una chica gótica: extensiones purpura, una camiseta de Sisters of Mercy bajo la chaqueta de mero y multitud de piercings… Mmm, era un poco temprano para que alguien de su tribu anduviera por la calle, pero seguramente trabajaba en una tienda de ropa, de discos o… «No, ya le tengo.
