
Liz inclinó la cabeza y volvió a rozar con la mejilla su sedoso pañuelo escarlata, sumiéndose en un miasma ligeramente perfumado que le recordó a Mark -sus ojos, su boca, su pelo- en el momento de llegar a casa. Le había traído su perfume Guerlain de los Campos Elíseos -salvajemente inapropiado, podría decirse- y el pañuelo de Dior de la avenida Montaigne. Había pagado en metálico, le explicó, para que no hubiera papeleo que dejara un rastro. Cuando se trataba del adulterio, su instinto le hacía ser muy prudente.
Recordaba todos los detalles de la víspera pasada. De vuelta de París, donde había entrevistado a una actriz, pasó sin previo aviso por el sótano de Kentish Town. Ella se encontraba en la bañera, escuchando La Boheme e intentando extraer algún sentido de un artículo de The Economist. De repente, allí estaba él. Y el suelo se llenó de un carísimo papel blanco para envolver regalos, y el lugar terminó apestando -patética, gloriosamente- a Vol de Nuit.
Después abrieron una botella de Moét comprada en el duty-free del aeropuerto y se bañaron juntos.
– ¿No te estará esperando Shauna? -preguntó Liz sintiéndose culpable.
– Seguro que ya estará durmiendo -respondió Mark más animado-. Este fin de semana ha tenido que cuidar a los hijos de su hermana.
– Y tú, entretanto…
– Lo sé. Es un mundo cruel, ¿verdad?
Lo que al principio desconcertaba a Liz era por qué se había casado con Shauna. Por la descripción que hacía de ella, no parecían tener nada en común. Mark Callendar era alegremente irresponsable, amante de los placeres y poseía una perspicacia casi felina -una cualidad que lo convertía en uno de los entrevistadores más solicitados del periodismo escrito-, mientras que su mujer era una rígida feminista que siempre le estaba regañando por su falta de seriedad y fiabilidad. En consecuencia, él se pasaba la vida huyendo de su áspera ira. Parecían no encajar en absoluto.
