– No -reconoció Armstrong-. Probablemente será algún inmigrante ilegal que quiere alquilar un coche. O algún pobre diablo que ha perdido su carnet. No siempre puedes salir a la calle gritando «¡Terrorista, terrorista!».

– El Seis ha reconocido que el SIT puede intentar colarnos un invisible.

– ¿Desde dónde?

– Uno de los campos de entrenamiento de la frontera noroeste.

– ¿Es seguro?

– No, sólo una sospecha. -Grabó y guardó el mensaje, y buscó más con el ratón.

La puerta del despacho se abrió de repente y un joven de rostro duro con una camiseta de la Resistencia Aria entró tranquilamente.

– Hola, Barney -saludó Dave-. ¿Cómo va el mundo de la extrema derecha? Por el corte de pelo y la ropa diría que después tienes una cita.

– Sí, en East Ham. Una conferencia sobre la tradición pagana europea.

– ¿Qué es?

– En esencia, propaganda hitleriana new age.

– ¡Excelente!

– ¡No es justo! Intento parecer lo bastante desagradable como para encajar con mis nuevos amigos, pero no tan horrible como para que me revienten la cabeza los de la Liga Antinazi.

– Yo diría que has conseguido el punto medio -concedió Liz.

– Gracias. -Sonrió-. ¿Puedo enseñaros una cosa, chicos?

– Eso suena a exhibicionismo. Date prisa, tengo un buzón abarrotado de mensajes.

Barney rebuscó bajo su mesa y sacó una máscara de goma y un pedazo de fieltro rojo.

– Es para la fiesta de Navidad. He encontrado un taller donde hacen estos disfraces, ya tengo unos cincuenta.

– ¡No! -exclamó Liz, contemplando la máscara.

– ¡Sí!

– ¡Es genial! Exactamente igual que él.

– Lo sé, pero no digáis nada. Quiero que Wetherby se lleve una sorpresa. Nadie de este departamento es capaz de guardar un secreto más de cinco minutos, así que no voy a repartirlos hasta que llegue el día señalado.



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