Liz estalló en carcajadas, olvidando por un momento la situación de Sohail Din ante la idea de que su jefe de sección -habitualmente el último en llegar- se enfrentaría a cincuenta David Shayler con sombreros de Papá Noel.

6

Cuando Liz volvió a su sótano de Kentish Town, tuvo la impresión de que éste le dirigía un mudo reproche. No estaba tanto desorganizado como abandonado; la mayoría de sus cosas seguían allí donde las dejara a principios de semana: el CD polvoriento emergiendo del reproductor, el mando a distancia en medio de la alfombra, la cafetera medio llena, las páginas del Saturday Evening Post desparramadas por todas partes…

En el aire flotaba un ligero aroma a funeral. El ramo de jazmines que su madre le diera y que ella pensó poner en agua la noche anterior, antes de acostarse, era ahora una triste maraña de tallos sobre la mesa; a su alrededor, en el suelo, yacía una constelación de moribundos pétalos de cinco puntas. En el contestador automático parpadeaba una pequeña luz roja.

¿Por qué estaba tan frío el apartamento? Revisó el calefactor central y descubrió que el reloj del temporizador iba dos horas atrasado. ¿Se habría cortado la luz durante el fin de semana? Era posible. A Liz le daba la impresión de que los termostatos -y aparatos similares- siempre parecían sufrir el influjo de un poder extraño y caprichoso que los desactivaba periódicamente. Graduó el temporizador a las 19.30, y oyó que la caldera se encendía con un satisfactorio resoplido.

Durante la siguiente media hora, mientras el calor se expandía por el pequeño sótano, se dedicó a ordenarlo un poco. Cuando estuvo lo bastante arreglado para sentirse cómoda, tomó una lasaña del congelador -¿se habría descongelado y vuelto a congelar a causa de la falta de electricidad, si eso había ocurrido?-, hizo unas cuantas incisiones en el plástico protector, metió el paquete en el horno y se tomó una tónica con vodka.



26 из 314