
En el contestador automático tenía dos mensajes. El primero, de su madre: Liz se había dejado una falda de ante y un cinturón colgados tras la puerta de su dormitorio en Bowerbridge. ¿Se los enviaba o los guardaba hasta su próxima visita?
El segundo era de Mark. Había llamado a las 12.46 desde Nobu, en Park Lane, donde tenía que compartir una carísima comida con una actriz norteamericana. La actriz llegaba tarde, como era de esperar. Mark estaba famélico y su mente había vagado hasta el sótano de Inkerman Road, NW5, y la posibilidad de pasar allí la noche con la propietaria del apartamento después de tomar una copa y comer un poco, quizás en el Eagle de Farringdon Road.
Liz borró ambos mensajes. La idea de ir al Eagle, el tugurio predilecto de los periodistas del Guardian, era una locura.
Habría hablado de ella con los chicos del periódico? ¿Sería de conocimiento público que tenía el accesorio periodístico más chic de todos, una amante espía? Aunque no le hubiera dicho nada a nadie, estaba claro que la relación sobrepasaba el riesgo aceptable para entrar en la pura locura. Estaba jugando con ella, empujándola hacia su propia autodestrucción.
Dio un largo trago a su bebida y lo llamó al móvil. Iba a hacer lo correcto, terminar con aquel asunto de una vez por todas. Le dolería lo suyo y se sentiría muy mal, pero quería recuperar su vida, volver a tenerla bajo control.
Le salió el buzón de voz, lo que probablemente significaba que estaba en su casa, con Shauna. Donde debía estar, pensó amargamente. Paseando por el apartamento acabó frente a la lavadora con su semicírculo de agua gris. La colada de la semana anterior llevaba allí dos días y medio. Desesperada, se acercó al botón de encendido y entonces la máquina volvió a la vida.
7
Anne Lakeby despertó y vio a Perry frente a la ventana abierta del dormitorio, contemplando el jardín que se extendía hasta el mar. El día era claro, impresión agudizada por una sugerente brisa marina, y su esposo parecía casi sacerdotal embutido en su larga bata china. Tenía el cabello empapado y casi brillante, gracias a los dos cepillos gemelos con mango de marfil del vestidor. También parecía haberse afeitado.
