
El viejo gilipollas se había cepillado a conciencia, pensó, y no era normal que se tomase tantas molestias a una hora tan temprana del día. Le echó un vistazo al despertador y vio que apenas eran las siete de la mañana. Perry podía haber sido un apasionado admirador de Margaret Thatcher, pero nunca compartió su predilección por levantarse tan pronto.
Mientras su marido se apartaba de la ventana, Anne cerró los ojos y fingió dormir. Perry salió del dormitorio cerrando la puerta tras él, y cinco minutos después reapareció con dos tazas de café y sus respectivos platitos en una bandeja. Eso sí era realmente alarmante. ¿Qué diablos habría hecho en Londres para que hoy se sintiera obligado a tener un gesto como aquél?
Colocando la bandeja en la alfombra con un ligero traqueteo, Perry tocó suavemente el hombro de su esposa. Anne fingió despertar.
– Qué sorpresa más… agradable. -Parpadeó simulando somnolencia, y estiró el brazo hacia la mesita de noche para alcanzar el vaso de agua que siempre tenía allí-. ¿A qué debo…?
– Échale la culpa al calentamiento global -respondió Perry con buen humor-. Esperaba una resaca titánica, pero una deidad benigna me ha protegido bajo su ala. Además, brilla el sol. Es un día perfecto para la gratitud y, posiblemente, para quemar las últimas hojas del otoño.
Anne se irguió en la cama hasta quedar sentada, acomodó las almohadas y se recostó en ellas, luchando por controlar sus pensamientos. No estaba segura de creerse aquella versión tan considerada y servicial de su marido. Algo ocurría, estaba segura. Sus modales intimidatorios le recordaron la época en que la había obligado a comprar aquel sistema de seguridad Corliss. Según su experiencia, cuanto más calmado estaba, más se acercaba la tormenta.
