– Realmente son un verdadero incordio, ¿verdad? -prosiguió Perry.

– ¿Quiénes? ¿Dorgie y Diane? -Dorgie era el apodo que le daba Anne a sir Ralph Munday, cuya nariz le recordaba el morro de los corgi-dachshund de la reina. Puesto que los Lakeby y los Munday eran propietarios de dos enormes fincas en Marsh Creake, se consideraban «vecinos», aunque en realidad sus casas estaban separadas casi un kilómetro.

– ¿Quiénes si no? Toda esa horrible cháchara… ese tono de voz… Seguro que podía oírse a cincuenta metros de distancia… Y además, parece que todo lo hayan aprendido de un libro. Y ella es todavía peor, con ella…

– ¿De dónde la sacó?

– De algún sindicato de estrellas pop cerca de Houghton. Según me dijo Dorgie, uno de sus miembros hizo una fortuna con el porno de Internet.

– Bueno, tú también has tenido relación con un traficante de armas -protestó Anne suavemente, revolviendo su café con la cucharita.

– Cierto, pero hoy día eso es un negocio muy ético. No puedes venderle el material a esos dictadores africanos en un camión de basura.

– Johnny Fortescue pagó la restauración del techo de su biblioteca vendiendo a la policía secreta iraquí bastones eléctricos para controlar manifestaciones. Lo sé porque Sophie me lo contó.

– Bueno, estoy seguro de que todo fue legal y aprobado por el Ministerio de Industria y Comercio.

Permanecieron unos segundos en silencio bebiendo sus respectivos cafés.

– Dime una cosa -dijo Anne con precaución-. ¿Conoces bien a Ray?

Perry la contempló pensativo. Ray Gunter era un pescador que vivía en el pueblo, y que guardaba un par de botes y una red para pescar langostas en los doscientos metros de playa privada propiedad del matrimonio Lakeby.

– Debería, después de tantos años. ¿Qué pasa con él?

– ¿Tenemos que seguir soportando que entre y salga de nuestros terrenos cuando le venga en gana? Para ser sincera, me da escalofríos.



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