
Pero el problema de Liz no era Shauna. El problema era Mark. La relación era una completa locura y, si no hacía pronto algo al respecto, hasta podía costarle su trabajo. No amaba a Mark, y temía las consecuencias si el asunto salía a la luz. Durante mucho tiempo pensó que él terminaría dejando a Shauna, pero no la dejaba, y ahora dudaba que llegase a hacerlo alguna vez. Poco a poco había llegado a comprender que Shauna era la carga negativa que equilibraba la positiva de Mark, el AC de su DC, el Wise de su Morecambe. Entre los dos formaban una unidad que funcionaba.
Sentada allí, en el vagón parado, se le ocurrió que lo que realmente excitaba a Mark era la transformación. Caer sobre Liz, alborotar sus plumas, reírse de su seriedad y transformarla mágicamente en un ave del paraíso. Si ella viviera en un ático moderno frente a uno de los muchos parques londinenses, con los armarios llenos de vestidos exquisitamente diseñados, jamás habría despertado su interés.
Tenía que terminar con aquello. Nunca había hablado de él con su madre, naturalmente; en consecuencia, siempre que pasaba el fin de semana con ella en Wiltshire, tenía que soportar las bienintencionadas homilías sobre su tema favorito: la búsqueda del hombre adecuado.
– Sé que resulta complicado, ya que no puedes hablar de tu trabajo -había comenzado su madre la noche anterior, levantando la mirada del álbum de fotos familiar que estaba hojeando-, pero el otro día leí en el periódico que unas dos mil personas trabajan contigo en ese edificio y que en él se organizan toda clase de actividades sociales a las que podrías apuntarte. ¿Por qué no te dedicas al teatro aficionado, a las danzas latinoamericanas o a algo así?
