– Lo siento, jefe. No sé qué decir.

Eastman colgó el auricular y dejó que un leve atisbo de preocupación asomara al paisaje lunar de su rostro. Era una forma muy poco prometedora de empezar el día. Aunque Nu-Celeb no fuera el único pastel que tenía en el horno, los calendarios de famosos servían de tapadera para el conjunto de actividades bastante menos legales que lo habían convertido en millonario. Pero le irritaba perder veinte de los grandes por culpa de un puñado de putillas como Mink Parfait. Y encima un puñado de putillas mestizas. Melvin Eastman no suscribía el sueño de un Reino Unido multicultural.

Un hombre enjuto con una cazadora bomber negra y gorra de béisbol, llamado Frankie Ferris, jugador clave en otra de las actividades de Eastman, se encontraba sentado contra la pared. Sostenía una taza de té en una mano y fumaba con la otra, tirando la ceniza en la papelera con una frecuencia tan nerviosa como innecesaria.

Plegando el periódico y dejándolo en la misma papelera, Eastman se volvió hacia Ferris, fijándose en la palidez de sus labios y el ligero temblor del cigarrillo entre sus dedos.

– ¿Y bien, Frankie? -empezó tranquilamente-. ¿Cómo va todo?

– Bien, señor Eastman.

– ¿Todo el mundo paga según lo debido?

– Sí. Ningún problema.

– ¿Alguna petición especial?

– Harlow y Basildon quieren quetamina. Preguntaron si podíamos hacerles un envío de prueba.

– Ni hablar. Esa cosa es como el crack, estrictamente para negratas y retrasados mentales. ¿Qué más?

– Ácido.

– Lo mismo. ¿Algo más?

– Sí, el éxtasis. De repente, todo el mundo quiere las mariposas.

– ¿Y las palomas no?

– También, pero dicen que las mariposas son mejores. Aseguran que son más potentes.



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