– Eso es una chorrada, Frankie. Son idénticas y tú lo sabes.

– Es lo que dicen -se excusó encogiéndose de hombros.

Melvin Eastman asintió y dio media vuelta. Tomó un sobre bancario de uno de los cajones de su mesa y se lo alargó a Frankie. Este frunció el ceño y lo cogió.

– Esta semana sólo te doy tres y medio, está claro que te estoy pagando demasiado -explicó Eastman-. El pasado viernes te dejaste seis y medio en la mesa de blackjack del Brentwood Sporting Club.

– L-lo siento, señor Eastman, yo…

– Ese tipo de conducta llama la atención, Frankie, y eso son malas noticias, muy malas. No te meto en el bolsillo uno de los grandes cada semana para que lo despilfarres en público, ¿comprendido?

El tono y la expresión de Eastman no habían cambiado, pero la amenaza estaba muy cerca de la superficie. Y Frankie sabía que el último hombre que había hecho enfadar a su jefe terminó en las marismas de Foulness Island. Los cazones se habían cebado en su cara y sólo consiguieron identificarlo analizando su dentadura.

– Comprendido, señor Eastman.

– ¿Seguro?

– Sí, señor Eastman. Seguro.

– Bien. Entonces volvamos al trabajo.

Alargándole un cuchillo Stanley, Eastman le indicó cuatro cajas de cartón cerradas y amontonadas contra la pared. Según indicaban en los lados, contenían escáneres coreanos.

Frankie cortó la cinta adhesiva que cerraba la primera caja y la abrió para revelar los folletos de propaganda. Sacó con cuidado el escáner y la espuma de poliestireno que lo protegía. Debajo había tres bolsas de grueso plástico atiborradas y selladas.

– ¿Las revisamos?

Eastman asintió con la cabeza.

Frankie hizo un corte en la primera, sacó un pequeño pliego de papel y se lo pasó al otro. Eastman lo desplegó y tocó con la punta de la lengua el polvo que contenía. Volvió a asentir y se lo devolvió a Frankie.

– Creo que podemos quedarnos todo el envío, es de confianza. Pero comprueba si Ámsterdam nos envía palomas o mariposas.



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