– ¿Y eso es todo?

– Eso es todo.

Wetherby asintió pensativamente.

– La razón por la que te pregunto esto, es que no puedo comprender por qué Geoffrey Fane llamó para decirme que me mantuviera alerta.

– ¿Por Mansoor? -preguntó Liz, sorprendida.

– Por Mansoor. Tuve que decirle que, mientras no tengamos algo más, ni siquiera hay una alerta declarada.

– ¿Y?

– Y eso fue todo. Me dio las gracias y colgó.

Liz permitió que sus ojos vagaran por la pared desnuda, preguntándose por qué Wetherby la hacía acudir a su oficina para mantener una conversación que fácilmente habrían podido tener por teléfono.

– Antes de que te vayas, Liz… ¿todo va bien? Quiero decir, ¿tú estás bien?

Sus miradas se encontraron. Wetherby tenía un rostro que no podrías describir de memoria por mucho que lo intentases. A veces recordarías las cejas, quizás el pelo o sus ojos; incluso, en ocasiones, la irónica asimetría de su nariz y su boca, pero el encaje preciso de sus rasgos siempre se te escapaba. Una sutil ironía parecía impregnar su relación profesional, como si se hubieran encontrado en otra época y sobre una base diferente.

Pero nunca lo habían hecho. Y Liz sabía muy pocas cosas de su vida privada. Existía una esposa con algún problema de salud crónico y un par de chicos que todavía iban al colegio; y la familia vivía en algún lugar cerca del río… -¿Shepperton? ¿Sunbury, quizá?-. Alguno de esos lugares remotos del oeste.

Pero eso era todo. En cuanto a sus gustos, sus intereses o qué coche conducía, ella no tenía ni idea.



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