
El propietario vendedor, un hombre generoso, sólo accedió a la venta con la condición de que la viuda de su antiguo administrador pudiera seguir ocupando la casa del guarda durante el resto de sus días, incluido un derecho preferente de compra. Con Liz trabajando en Londres, su madre había vivido sola en la casa octogonal, y cuando el nuevo propietario convirtió Bowerbridge y sus jardines en un criadero especializado, no le fue difícil conseguir en él un trabajo a tiempo parcial.
Como Susan Carlyle conocía y amaba la propiedad, el trabajo no pudo sentarle mejor. En un año ya trabajaba a tiempo completo para el criadero, y dieciocho meses después estaba dirigiéndolo. Cuando Liz pasaba con ella los fines de semana, ambas daban largos paseos por las avenidas pavimentadas con piedras y las herbosas alamedas, mientras su madre le explicaba con entusiasmo los planes que tenía para el criadero. Al pasar frente a las lilas, hilera tras hilera de crema y púrpura, el aire pesado con su aroma, solía murmurar sus nombres como una letanía: Masséna, Decaisne, Belle de Nancy, Pérsica, Congo… También había hectáreas de camelias blancas y rojas, rododendros -amarillos, malvas, escarlatas, rosas- y orquídeas de fragantes magnolias. En pleno verano, cada rincón albergaba una revelación nueva y sorprendente.
En otras épocas, cuando la lluvia azotaba las ventanas y la fragancia de las plantas se alzaba a su alrededor, paseaban por los senderos de los invernaderos eduardianos, y Susan le explicaba las diversas técnicas de sembrado mientras las hileras de esquejes y semilleros se extendían ante ellas en una perspectiva infinita.
