
Su esperanza, eso siempre quedaba meridianamente claro, era que en un futuro no muy distante, Liz decidiera abandonar Londres y trabajar con ella en la administración del criadero. De esa forma, madre e hija vivirían en afectuosa compañía en la casita del guarda y, con el paso del tiempo, el «hombre adecuado», el imaginado Lancelot terminaría apareciendo.
Liz no era completamente refractaria a esa idea. El sueño de volver a casa y despertar en su dormitorio -el mismo en que dormía de niña-, de pasar sus días rodeada por los suaves ladrillos y el follaje de Bowerbridge, le resultaba bastante seductor. Y no tenía ninguna objeción contra los guapos caballeros de brillantes armaduras. Pero, en realidad, sabía que ganarse la vida en el campo era un trabajo duro, monótono y que conllevaba horizontes bastante limitados. Sus gustos, amistades y opiniones eran urbanas y no creía poseer el metabolismo necesario para vivir en el campo a tiempo completo. Aquella lluvia, aquellas mujeres marimandonas con su patético esnobismo y sus ostentosos todoterrenos, aquellos periódicos locales llenos de noticias que no eran realmente noticias y de anuncios de maquinaria agrícola… Por mucho que quisiera a su madre, no tenía la paciencia necesaria para soportar aquello toda su vida.
Y aquella mañana le había llegado una carta. Por ella supo que Susan Carlyle había decidido comprar, que iba a invertir sus ahorros -más el dinero ganado con el criadero y el del seguro de vida de su marido- en la casita de Bowerbridge.
– ¿Cree que la está presionando para que vaya a vivir con ella? -preguntó Wetherby tranquilamente.
– Sí… a cierto nivel -reconoció Liz-. Y al mismo tiempo es una decisión muy generosa. Quiero decir, puede vivir allí gratis el resto de su vida, así que lo hace pensando en mí. El problema es que creo que espera… -se encogió de hombros- un gesto similar por mi parte. Y no puedo pensar en esos términos. Ahora no.
– Siempre hay algo en el lugar donde uno crece que te impide volver a él -dijo Wetherby-. Al menos, hasta que has cambiado y eres capaz de verlo con otros ojos. Y a veces ni siquiera entonces.
