
Un gorgoteo sacudió el radiador situado tras la mesa del hombre y en el aire se elevó el olor del polvo recalentado. Más allá de las ventanas, el contorno de la ciudad se diluía contra el cielo invernal.
– Lo siento -se disculpó Liz-. No quería importunarlo con mis problemas.
– No me ha importunado, ni mucho menos. -Su mirada, teñida de melancolía, jugó con la suya-. Sabe que aquí es tan valiosa como apreciada.
Ella se quedó inmóvil unos segundos, consciente de todo lo que no se habían dicho. Luego se levantó apresuradamente.
– A: te han ascendido -tanteó Dave Armstrong un par de minutos después, cuando Liz regresó a su despacho-; B: te han despedido; C: a pesar de la desaprobación de tus superiores, estás dispuesta a publicar tus memorias; D: nada de todo lo anterior.
– En realidad, voy a desertar a Corea del Norte. Piongian está preciosa en esta época del año. -Hizo girar su silla pensativamente-. ¿Has hablado alguna vez con Wetherby de algo que no sea trabajo?
– No creo -admitió Dave sin dejar de aporrear su teclado-. Una vez me preguntó por el resultado de un partido de fútbol. Creo que eso es lo más personal que he hablado nunca con él. ¿Por qué?
– Por nada. Pero Wetherby es una especie de figura misteriosa incluso para un lugar como éste, ¿no?
– ¿Crees que quizá debería ir a Gran Hermano VIP como parte de su nueva responsabilidad?
– Ya sabes a lo que me refiero.
– Supongo. -Frunció el ceño ante la pantalla-. ¿Significan algo para ti las palabras «Miladun Nabi»?
– Sí. Miladun Nabi es el nacimiento del Profeta. Creo que suele celebrarse a finales de mayo.
– Felicidades.
Ella dirigió su atención al parpadeo de su teléfono fijo: tenía un mensaje. Para su sorpresa, era una invitación a comer de Bruno Mackay.
