
«Sé que te dejo muy poco tiempo para decidir -decía con voz lánguida-, y seguro que ya estás comprometida, pero hay algo que me gustaría… comentar contigo si estuvieses disponible.»
Sacudió la cabeza incrédula. Era muy propio del Seis sugerir que el día -y los asuntos relacionados con el contraterrorismo- era una larga e ininterrumpida fiesta… ¿Comentar? Ella nunca comentaba nada. Se angustiaba. Y solía hacerlo sola.
Pero ¿por qué no? Como mínimo sería una buena oportunidad para estudiar a Mackay de cerca. A pesar del teórico espíritu de cooperación, el Cinco y el Seis nunca serían buenos compañeros de cama. Cuanto más conocía a la oposición, menos predispuesta se sentía a compartir estrategias con ella.
Llamó al número que Mackay había dejado en su mensaje, y él descolgó al primer tono.
– ¡Liz! -exclamó antes de que ella abriera la boca siquiera-. Dime que puedes venir.
– Está bien.
– ¡Fantástico! Pasaré por ahí y te recogeré.
– No te preocupes, puedo…
– ¿Puedes estar en tu extremo del puente Lambeth a las doce cuarenta y cinco? Nos encontraremos allí.
– De acuerdo.
Y colgó. Aquello podía ser muy interesante, pero tendría que ir de puntillas. Apartando la pantalla del ordenador, se concentró en Faraj Mansoor. La ansiedad de Fane, supuso, provenía de la falta de confirmación sobre si el comprador del falso carnet de conducir en Bremerhaven era la misma persona con la que contactase Al Safa en Peshawar. En aquel momento, lo más probable es que ya tuviera a alguien en Pakistán investigando el taller de reparaciones. Si resultaba que eran dos personas distintas, y todavía había un Faraj Mansoor revisando coches en la carretera de Kabul, la pelota estaría directamente en el tejado del Cinco.
Las posibilidades se decantaban por que fueran dos personas distintas, y que el Mansoor de Bremerhaven resultase un emigrante que había pagado su pasaje a Europa -una odisea infernal metido en un contenedor- y ahora intentaba cruzar el Canal. Era muy probable que tuviera un primo en alguna ciudad británica que le guardaba un trabajo de taxista. De ser así, aquel asunto pertenecería a Inmigración, no a Inteligencia, así que lo archivó en el fondo de su mente.
