– ¡Mamá, por favor! -No pudo evitar imaginarse a un grupo de agentes de oficina o de vigilancia rodeándola, mientras se movían al compás de unas maracas, con ojos llameantes y volantes de colores en sus camisas.

– Era una sugerencia… -protestó su madre en voz baja antes de volver a su álbum de fotos. Un minuto después le mostró a Liz una de su antigua clase-. ¿Te acuerdas de Robert Dewey?

– Sí -respondió cautelosamente-. Vivía en Tisbury, y se orinó en los pantalones durante la excursión a Stonehenge.

– Pues ha abierto un nuevo restaurante en Salisbury. En la esquina del teatro.

– ¿De verdad? -masculló Liz-. Qué interesante.

Aquello era un ataque sesgado, y lo que quería insinuar realmente es que ella volviera a vivir en casa. Había crecido en aquella casita de guarda octogonal, de la que su madre era actualmente la única inquilina, y su esperanza nunca expresada con palabras era que regresara y «sentara la cabeza» antes de que la soltería y las noches de la temible ciudad la abdujeran para siempre. No necesariamente con Rob Dewey -el de los empapados pantalones cortos-, sino con alguien similar, alguien con el que, a intervalos, pudiera disfrutar de «la cocina francesa», «el teatro» y todas esas distracciones urbanas a las cuales, sin duda y lamentablemente, se había acostumbrado.

La dificultad de Liz para liberarse la noche anterior de la telaraña maternal le había supuesto coger la autopista a las diez de la noche y llegar al piso de Kentish Town a medianoche. Una vez allí, descubrió que la lavadora puesta el sábado por la mañana contenía un amasijo de prendas sumergido en quince centímetros de agua estancada, ya que se había detenido en mitad del ciclo de lavado. Era una hora demasiado tardía para completarlo sin molestar a los vecinos, así que rebuscó entre el montón de ropa sucia el vestido que parecía menos arrugado, lo colgó en el baño y se dio una ducha, con la esperanza de que el vapor le devolviera algo de su tersura original. Cuando por fin se fue a la cama, ya era la una de la madrugada. Apenas había dormido cinco horas y media, y ahora se dejaba arrastrar por una marea de fatiga con los ojos hinchados.



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