A las 12.30 tenía un curioso sentimiento de anticipación. Por suerte -o quizá no- estaba vestida de forma conveniente. Con toda su ropa de trabajo metida en la lavadora o languideciendo en la secadora, se había visto obligada a recuperar el vestido de Ronit Zilkha que comprara para asistir a una boda. Le había costado una fortuna pese a estar rebajado, y parecía completamente inadecuado para una reunión de trabajo. Y de guinda, los únicos zapatos que conjuntaban con el vestido tenían remates de seda. La reacción de Wetherby ante su aspecto fue un movimiento de ceja casi imperceptible, pero no hizo ningún comentario al respecto.

A la una menos veinte recibió una llamada que, sospechaba, llevaba rebotando por todo el edificio de un departamento a otro. Un grupo de supuestos fotógrafos de aviones había sido interceptado por la policía en una zona adyacente a la base norteamericana de Lakenheath, y la seguridad de la RAF pedía que se les investigara antes de dejarlos en libertad. Liz tardó unos minutos en pasarle la pelota a la sección de Investigación, pero al final lo consiguió y abandonó el despacho con el vestido de fiesta cubierto por su abrigo.

Descubrió que, en diciembre, el puente Lambeth no era un buen punto de encuentro. Tras una mañana soleada, el cielo se había oscurecido y un incómodo viento del este soplaba a lo largo del río, alborotándole el pelo y provocando que toda clase de basura se arremolinase alrededor de sus zapatos de seda. Además, el puente era una zona donde estaba prohibido detenerse.

Llevaba esperando cinco minutos con los ojos llorosos cuando un BMW plateado frenó abruptamente junto al bordillo y se abrió la puerta del pasajero. Subió presurosa bajo el clamor de las bocinas de los coches que lo seguían, y Mackay, que llevaba gafas de sol, arrancó de inmediato. Dentro del coche sonaba la música de un CD, y los sonidos de la tabla, el sitar y otros instrumentos más o menos exóticos llenaban el lujoso interior del BMW.



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