– Fateh Nustar Ali Kan -aclaró Mackay mientras giraban en la glorieta del Millbank-. Es toda una estrella en el subcontinente. ¿Lo conoces?

Liz negó con la cabeza mientras intentaba convertir con los dedos su alborotado peinado en algo más presentable. Sonrió para sí misma. El hombre era demasiado bueno para ser verdad, un espécimen perfecto de la mezcla de genes de Vauxhall Cross. Estaban cruzando el puente cuando la música llegó a su clímax; al incorporarse al lento tráfico de Albert Embankment, los altavoces callaron por fin. Mackay se quitó las gafas de sol.

– Bien, ¿cómo estás, Liz?

– Estoy… bien, muchas gracias -respondió ella.

– Bien.

Ella lo miró de reojo. Llevaba una camisa azul pálido abierta con los puños arremangados, mostrando parte de su musculoso y bronceado antebrazo. El reloj, que parecía pesar por lo menos medio kilo, era un Breitling Navitimer. Y también podía verse parte de un tatuaje, un hipocampo.

– ¿A qué debo el honor? -preguntó ella.

– Trabajamos en agencias opuestas -dijo él encogiéndose de hombros-. Pero aun así creí que podríamos compartir una comida y una copa de vino, y comparar notas.

– Me temo que no suelo beber en las comidas -cortó Liz, e inmediatamente lamentó el tono. Había dado la impresión de estar enfadada y a la defensiva, y no tenía razón para suponer que Mackay intentaba ser otra cosa que amistoso.

– Perdona por la premura -se disculpó Mackay.

– No importa. No soy exactamente una dama que dé mucha importancia a la comida, salvo un sándwich en Thames House y una hornada de informes de vigilancia sobre mi mesa de despacho.

– No me lo tomes a mal, pero la verdad es que sí pareces alguien que le da importancia a la comida -apuntó Mackay, echándole otra mirada de soslayo.



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