– Lo tomaré como un cumplido. De hecho, voy vestida así porque esta noche tengo una cita.

– Ah. ¿Vas a supervisar a un agente en una tienda Harvey Nichols?

Ella sonrió y miró al frente. La vasta e intimidante masa del edificio del MI6 se alzaba sobre ellos. Mackay tomó una de las circunvalaciones de dirección única de Vauxhall, y dos minutos después daban la vuelta en un estrecho callejón sin salida de South Lambeth Road. Mackay se detuvo frente a la entrada de un pequeño taller de neumáticos, bajó, rodeó el coche y abrió la puerta de Liz.

– No puedes dejarlo aquí-advirtió Liz.

– Tengo un pequeño acuerdo -explicó Mackay, saludando con la mano a un hombre enfundado en un mono manchado de aceite-. En metálico, así que no puedo pasarlo como gasto de trabajo, pero me vigilan el coche. ¿Tienes mucha hambre?

– Podría decirse que sí -reconoció Liz.

– Excelente. -Mackay se bajó las mangas de la camisa y abrochó sus puños, antes de coger una corbata color índigo y una chaqueta azul oscuro del asiento posterior. Liz se preguntó si se habría quitado la chaqueta únicamente para conducir, para que ella no pensase que era demasiado formal.

Cerró el coche con un rápido pitido de su mando a distancia.

– ¿Crees que esos zapatos resistirán un paseo de doscientos metros? -preguntó.

– Con un poco de suerte…

Giraron hacia el río y, tras atravesar un paso subterráneo, llegaron a una nueva ampliación del extremo sur del puente Vauxhall. Mackay saludó al personal de seguridad y guio a Liz por el atrio hasta un atractivo y repleto restaurante. Los manteles eran de lino blanco, los cubiertos y las copas brillaban intensamente, y el oscuro panorama del Támesis quedaba enmarcado por una cristalera con cortinas. Cuando entraron, el rumor amortiguado de la conversación descendió por un segundo. Liz dejó su abrigo en el vestidor y siguió a Mackay hasta una mesa que daba al río.



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