El convoy por fin se puso en marcha con una sacudida y un largo y flatulento estremecimiento. Así pues, iba a llegar tarde.

2

Thames House, la sede del MI5, se encuentra en Millbank. Es un vasto e imponente edificio de piedra de ocho pisos, agazapado como un enorme y pálido fantasma a unos cientos de metros al sur del palacio de Westminster.

Esa mañana, como siempre, Millbank olía a vapores de diesel y a río. Ciñéndose el abrigo para resguardarse del viento cargado de lluvia, y vigilando las empapadas hojas de tres puntas en que era muy fácil resbalar y torcerse un tobillo, Liz se apresuró hacia los escalones de entrada con el bolso balanceándose de un lado al otro, empujó una de las puertas de entrada al recibidor, lanzó un rápido saludo con la mano a los guardias de seguridad de recepción y pasó su tarjeta de identificación por el control de entrada. La puerta exterior de una de las cápsulas de seguridad se abrió, entró, y por un segundo quedó herméticamente encerrada. Entonces, como si hubiera viajado años-luz en una fracción de segundo, la puerta opuesta se deslizó a un lado permitiéndole el acceso a otra dimensión. Thames House era una colmena, una ciudad interior de acero y cristal, y Liz pudo percibir un sutil cambio en su atmósfera mientras cruzaba el arco de seguridad para dirigirse al quinto piso.

Las puertas del ascensor se abrieron, giró a la izquierda y avanzó rápidamente hacia el 5/AX, la sección de los supervisores de agentes. Se trataba de una oficina grande, abierta, iluminada por fluorescentes y de aspecto ligeramente sórdido a causa de la ropa almacenada junto a cada mesa: en el caso de Liz, unos gastados vaqueros, unos Karrimor de lana negros y una chaqueta de cuero con cremallera. Su mesa estaba despejada, excepto por un terminal gris, un teléfono de tonos y una taza del FBI; la flanqueaba un armarito con una cerradura de combinación del que extrajo una carpeta azul oscuro.



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