– Y llegando directamente desde su casa… -susurró Dave Armstrong desde la mesa contigua, sin apartar los ojos de su ordenador.

– Por cortesía de la maldita Northern Line -terminó Liz, cerrando el armarito-. El tren estuvo detenido casi un cuarto de hora… así, sin más, en medio de la nada.

– Bueno, quizás el conductor decidiera fumarse tranquilamente un cigarrillo -apuntó Armstrong, intentando mostrar comprensión.

Pero Liz ya estaba a medio camino de la salida, sin abrigo y sin pañuelo pero con la carpeta en la mano. Mientras se dirigía a la sala 6/40, un piso más arriba, hizo una pausa en el lavabo de señoras para revisar su aspecto. El espejo le devolvió una imagen de inesperada compostura: su delicada melena castaña enmarcaba más o menos correctamente el pálido óvalo de su rostro; quizá tenía sus ojos verde salvia algo hinchados por la fatiga, pero el conjunto era resultón. Más animada, ascendió al piso superior.

La Junta Antiterrorista, a la que había pertenecido casi todo aquel año, se reunía cada lunes a las 8.30 de la mañana. La intención de las reuniones era coordinar las operaciones relativas a las redes terroristas y programar semanalmente los objetivos de inteligencia. El grupo estaba dirigido por el jefe de sección de Liz, Charles Wetherby, cuarenta y cinco años, director de los investigadores y supervisores del MI5, y oficial de enlace con el MI6, la Sede de Comunicaciones Gubernamentales y el Cuerpo Especial de la policía metropolitana, y respondía ante los ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores si éstos así lo solicitaban.



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