La Junta se creó inmediatamente después de la atrocidad del World Trade Center, cumpliendo con la insistente recomendación del primer ministro de que ninguna cuestión de inteligencia relacionada con el terrorismo se viera comprometida por la falta de comunicación o las guerras territoriales de cualquier tipo entre los distintos servicios. Por supuesto, nadie tuvo valor para discutírselo. En los diez años que llevaba en el servicio, Liz no recordaba tal unanimidad.

Aunque las puertas de la sala de conferencias estaban abiertas, descubrió con alivio que nadie había ocupado su lugar todavía. ¡Gracias a Dios! De ser la última en sentarse frente a la enorme mesa oval de madera noble, no habría podido resistir las miradas masculinas llenas de conmiseración machista. Junto a las puertas, una pareja del Cuerpo Especial entretenía a uno de los colegas de Liz con la noticia de portada del Daily Mirror, un asunto espeluznante que involucraba a un presentador televisivo de programas infantiles y unos cuantos chicos de alquiler, en una historia de orgías y consumo de drogas en un hotel de cinco estrellas de Manchester. Entretanto, mientras fingía leer sus recortes de prensa, el representante de la Sede de Comunicaciones Gubernamentales se había situado estratégicamente cerca de ellos, lo suficiente para poder escuchar, pero lo bastante lejos para permanecer a salvo de cualquier insinuación de lascivia.

Charles Wetherby asumía una actitud expectante frente a la ventana, con su ajustado e impecable traje de Oxford como mudo reproche al conjunto de Liz, ya que los vapores del cuarto de baño no habían obrado su esperada magia. No obstante, en sus irregulares rasgos asomaba el fantasma de una sonrisa.

– Esperamos a los del Seis -susurró, dirigiendo la mirada hacia Vauxhall Cross, un kilómetro río arriba-. Le sugiero que contenga el aliento y se arme de paciencia.

Liz intentó hacerle caso y contempló el puente Lambeth bajo la lluvia. La marea estaba alta, y el río parecía crecido y oscuro.



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