Florette, la encargada de correos de la aldea, me contó que mi abuela era tan famosa por sus remedios medicinales que incluso la esposa del alcalde y el viejo párroco solían recurrir a ella cuando fallaban la medicina convencional o las oraciones. Me dijo que un buen día mis abuelos, que entonces ya eran una pareja de mediana edad, aparecieron en la aldea con mi madre. La encantadora niña, a la que llamaron Marguerite, ya tenía tres años la primera vez que los habitantes de la aldea la vieron. Aunque ellos aseguraban que la niña era suya, muchos pensaban que a mi madre la habían abandonado los gitanos.

El misterio en torno a sus orígenes y los rumores de que poseía dones de curandera no sentaron bien en la estricta familia católica de los Fleurier, que se opusieron a que mi madre se casara con el hijo predilecto. Sin embargo, nadie pudo negar que fue mi madre la que cuidó de mi padre cuando todos los médicos de campaña ya le habían desahuciado.

Los españoles continuaron cantando mucho después de que tío Gerome y tía Yvette regresaran a su casa, y de que mis padres y yo nos fuéramos a la cama. Me tumbé despierta, contemplando las vigas del techo y notando como me corría el sudor por los espacios entre las costillas. La luz de la luna a través de los cipreses creaba sombras que parecían olas sobre la pared de mi habitación. Me imaginé que aquellas siluetas eran los bailaores moviéndose al ritmo de la música.

Debí de quedarme dormida, porque me senté sobresaltada poco tiempo después y me di cuenta de que la música se había detenido. Oí que Chocolat ladraba. Me deslicé fuera de la cama y miré por la ventana hacia el patio. Una suave brisa había refrescado el ambiente y la luz plateada de la luna caía sobre las tejas del tejado y sobre los edificios. Contemplé el muro que se encontraba al final del jardín y parpadeé. Había un corro de gente bailando allí. Se deslizaban en silencio, sin tocar música ni cantar, moviendo los brazos sobre sus cabezas y taconeando al son de un ritmo que no se oía.



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