
Se me paró el corazón durante un instante.
Además de Goya, había otros cinco bailarines: tres hombres y dos mujeres. Me quedé boquiabierta cuando vislumbré la larga melena oscura y las delicadas extremidades de la segunda mujer. Bajo su piel ardía un fuego incandescente y casi saltaban chispas de los pies cada vez que tocaban el suelo. El vestido que llevaba flotaba a su alrededor como una corriente de agua. Era mi madre. Abrí la boca para llamarla, pero en su lugar me sorprendí a mí misma trastabillando hacia la cama, rendida de nuevo por el sueño.
Cuando abrí los ojos, estaban despuntando las primeras luces del día en el cielo. Tenía la garganta seca. Me froté la cara con las palmas de las manos, sin saber si lo que había visto había sido real o un sueño.
Me puse el vestido, bajé de puntillas las escaleras y pasé frente a la habitación de mis padres. Mi madre y mi padre estaban dormidos. Puede que yo no hubiera heredado los poderes de mi madre, pero sí tenía su curiosidad. Me deslicé hasta el final del patio, cerca del muro donde crecían los almendros. Con el verano, la hierba era alta y apacible. Miré bajo los árboles y plantas en busca de algún rastro que hubieran podido dejar los intrusos, pero no encontré nada. No había coronas de hierbas trenzadas, fragmentos de hueso o amuletos de piedra. No había ni rastro de ningún objeto mágico. Me encogí de hombros y me di la vuelta para marcharme, pero entonces vi un destello por el rabillo del ojo. Alargué la mano y toqué la rama más baja de uno de los árboles. Enredado entre las hojas, había un solitario hilo rojo.
