La pálida piel de mi tía y mis largas piernas no nos dispensaron del trabajo ligado a la destilación. Mi padre y tío Gerome, con los rostros contorsionados por el esfuerzo, sacaron del alambique con la ayuda de un cabrestante un humeante cilindro de tallos de lavanda comprimidos. Mi madre y yo nos apresuramos a deshacer el montículo de tallos con nuestros rastrillos y los extendimos sobre esteras antes de ponerlos al sol para que se secaran.

– No hay tiempo que perder -nos indicó mi padre-. Con el nuevo alambique podemos utilizar esos tallos como combustible en cuanto estén secos.

Mi madre y yo les dimos la vuelta a los tallos cortados de lavanda para evitar que fermentaran mientras tía Yvette ayudaba a los hombres a introducir a presión la siguiente carga en el alambique. Cuando se llenó del todo, mi padre me pidió que saltara sobre él para comprimir los tallos y «¡traernos buena suerte!».

– Está demasiado delgaducha como para hacerlo bien -se burló tío Gerome, pero aun así estiró los brazos para ayudarme a meterme en el alambique-. Ten cuidado con las paredes -me advirtió-: Están ardiendo.

Tradicionalmente, se dice que la lavanda levanta el ánimo: me pregunté si el delicioso aroma que flotaba en el aire sería capaz de mejorar incluso el carácter de tío Gerome.

Pisé firmemente la lavanda, sin preocuparme por los arañazos en las piernas o por el calor. Si funcionaba el plan de mi padre y Bernard de cosechar y destilar lavanda de manera comercial, mi padre podría reclamar su parte de la finca. Con cada una de mis pisadas, me imaginaba que estaba contribuyendo a que él pudiera dar un paso más hacia su sueño.

Después de que tío Gerome me ayudara a salir del alambique y cerrara herméticamente la tapa, mi padre bajó por la escalerilla hasta el piso inferior. Escuché como avivaba el fuego.



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