– Ya se ve, desde la primera carga, que el aceite es bueno -aseguró, sonriendo abiertamente, cuando regresó.

Tío Gerome se frotó el bigote.

– Sea bueno o no, ya veremos si se vende bien.

A mediodía, después de la cuarta carga, mi padre ordenó que hiciéramos un descanso. Nos echamos sobre la paja húmeda o nos sentamos en cuclillas. Mi madre humedeció trozos de paño y nos los pusimos sobre nuestros ardientes rostros y palmas de las manos.

En el exterior sonó un motor y salimos al patio a recibir a Bernard. En el asiento del copiloto venía monsieur Poulet, el alcalde de la aldea y dueño del café local. En el asiento de atrás estaba la hermana de monsieur Poulet, Odile, con su marido, Jules Fournier.

– Bonjour! Bonjour! -saludó monsieur Poulet, bajándose del automóvil y secándose el sudor de la cara con un pañuelo.

Se había puesto el traje negro que reservaba para los actos oficiales.

Le quedaba demasiado pequeño y le apretaba mucho los hombros, confiriéndole el aspecto de una camisa colgada de la cuerda de tender.

Odile y Jules también se bajaron del coche y todos volvimos al interior de la destilería. Monsieur Poulet y los Fournier examinaron detenidamente el alambique, que era mucho más grande que los que se habían estado utilizando en la región durante años. Aunque ellos no eran agricultores, tenían interés en que nuestro negocio gozara de éxito. Dado que tanta gente estaba abandonando Pays de Sault para marcharse a las ciudades, esperaban que la lavanda volviera a crear negocio en nuestra aldea.

– Voy a por una botella de vino -anunció tía Yvette, encaminándose hacia la casa.

Bernard se ofreció a ayudarla con los vasos. Los observé andando por el sendero, con las cabezas juntas. Bernard comentó algo y tía Yvette se echó a reír. Mi padre me había explicado que Bernard era una buena persona y que no estaba interesado en las mujeres del modo habitual, pero era tan amable con tía Yvette que a veces me preguntaba si no estaría enamorado de ella. Le eché una mirada a tío Gerome, pero estaba demasiado ocupado fanfarroneando sobre la capacidad del nuevo alambique como para darse cuenta de nada.



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