
– Este es el tipo de alambique que utilizan las grandes destilerías de Grasse -explicaba-. Es más eficiente que los portátiles que hemos estado usando hasta ahora.
Por su manera de hablar, cualquiera hubiera pensado que el alambique había sido idea suya. Pero él era meramente el inversor, no el artífice: había proporcionado el dinero para aquel caro alambique y se llevaría la mitad de los beneficios. No obstante, mi padre y Bernard habían calculado que si conseguían tres buenas cosechas consecutivas de lavanda lograrían pagar el alambique en dos años y la finca en otros tres.
Odile olfateó el aire y se acercó a mí sigilosamente.
– El aceite huele muy bien -me susurró-. Espero que nos haga a todos ricos y que tu padre por fin pueda pagar sus deudas.
Asentí sin decir nada. Conocía demasiado bien la deshonra de la situación en la que se encontraba mi familia. La finca se había dividido entre los dos hermanos a la muerte de mi abuelo. Cuando mi padre se marchó a la guerra, tío Gerome le prestó dinero a mi madre para mantener nuestra parte. Pero cuando mi padre regresó mutilado y la escasa pensión de veterano de guerra no fue suficiente para pagar las deudas, tío Gerome reclamó la mitad de su hermano. Cuando mi padre se recuperó, tío Gerome le dijo que podía volver a comprarle a plazos su parte de la finca con un interés anual. Era vergonzoso semejante comportamiento con la familia, cuando incluso el más pobre de la aldea nos había dejado cestas de verdura a la puerta de casa durante la enfermedad de mi padre. Pero ante mi padre no se podía pronunciar ni una sola palabra contra su hermano mayor.
