
– Si hubierais visto cómo le trataban nuestros padres, lo entenderíais -nos decía siempre-. No logro acordarme de ninguna situación en la que alguno de los dos le dedicara una sola palabra de amabilidad. Para nuestro padre, Gerome guardaba demasiado parecido con su propio progenitor. Desde que mi hermano era un muchacho, lo único que tenía que hacer para recibir una buena tunda era mirar a nuestro padre. Legalmente, la finca entera tendría que haber sido suya, pero por alguna razón nuestros padres siempre me favorecían a mí. No os preocupéis, le compraremos nuestra parte.
– ¿Quién más os va a traer su lavanda para que la destiléis? -le preguntó Jules a mi padre.
– Los Bousquet, los Négre y los Tourbillon -contestó él.
– Y los demás también vendrán cuando vean lo rentable que es -vaticinó tío Gerome, levantando la barbilla, como si se estuviera imaginando a sí mismo como un próspero hombre de negocios de la destilación.
Monsieur Poulet arqueó las cejas. Quizá creyó que tío Gerome aspiraba a ser el nuevo alcalde.
La expresión de mi madre se transformó cuando frunció el ceño y adiviné lo que estaba pensando. Era la primera vez que tío Gerome hacía comentarios positivos sobre el éxito del proyecto. Y, sin embargo, él se quedaría con la mitad de los beneficios y mi padre sería el que correría con todos los riesgos. Nuestra finca se había reconvertido prácticamente por entero al cultivo de lavanda, mientras que tío Gerome todavía plantaba avena y patatas en la suya.
– Como no funcione, voy a acabar teniendo que alimentaros a todos -nos advertía.
Cuando se terminó la temporada de cosecha de lavanda, el conductor regresó para llevar a los temporeros a otra finca. Permanecí en el patio mientras los españoles metían sus pertenencias en la camioneta. Se trataba del mismo proceso que la mañana en la que llegaron, pero a la inversa. Rafael subía los sacos y baúles, entregándoselos a Fernández y José, que los apilaban en la parte delantera de la camioneta, dejando sitio para que pudieran sentarse en el fondo y mantener así la carga equilibrada. Cuando hubieron metido todo, José cogió la guitarra y rasgueó una melodía mientras el conductor se terminaba el vino que mi tía le había servido en una copa alta.
