
Goya bailaba alrededor de las piernas de su madre. Cogí la bolsita de lavanda que había guardado en el bolsillo durante la cosecha y se la di a él. Pareció entender que era un regalo que le daría buena suerte y se sacó un trozo de cuerda de su propio bolsillo y lo ató al lazo de la bolsita. Cuando lo auparon a la camioneta para que se sentara con su madre, vi que llevaba la bolsita colgada del cuello.
Si a tío Gerome todavía le quedaban dudas sobre la rentabilidad del aceite de lavanda, se le disiparon unos días más tarde cuando, gracias a la recomendación de Bernard, una empresa de Grasse compró todo el que habíamos producido.
– Realmente, es el aceite de mejor calidad que he visto en años -comentó Bernard, poniendo la factura de la venta sobre la mesa de la cocina.
Mi madre, mi padre, mi tía y yo nos quedamos boquiabiertos cuando vimos la cantidad garabateada al final del documento. Desgraciadamente, tío Gerome había salido al campo y no tuvimos el placer de presenciar su asombro.
– ¡Papá! -exclamé, echándole los brazos al cuello-. Pronto recuperaremos la finca, ¡y después seremos ricos!
– ¡Dios mío! -se quejó Bernard, tapándose las orejas-. No sabía que Simone tuviera una voz tan chillona.
– ¿No lo sabías? -replicó mi madre, con la risa bailándole en los ojos-. La noche que nació, su abuela sentenció que tenía una extraordinaria capacidad pulmonar y pronosticó que acabaría siendo cantante.
Todo el mundo se echó a reír. Bajo la timidez de mi madre se escondía un picaro sentido del humor. Y para devolverle un poco de su propia medicina, me subí sobre una silla y canté Á la claire fontaine con todas mis fuerzas.
