
Todos los meses, mi padre viajaba a Sault para comprar objetos que no se podían conseguir en nuestra aldea y para vender algunos de nuestros productos. Mi padre lograba conducir bien el carro y la mula en la finca, a pesar de que le faltaba un ojo, pero la carretera a Sault era de resbaladiza piedra caliza y recorría los precipicios de las gargantas del Nesque. Cualquier fallo de perspectiva podía ser fatídico. En octubre, tío Gerome andaba atareado con su rebaño de ovejas, así que nuestro vecino, Jean Grimaud, accedió a acompañar a mi padre. Necesitaba comprar arneses y cuerda en el pueblo.
La bruma mañanera se estaba deshaciendo cuando ayudé a mi padre a cargar en el carro las almendras que vendería en la ciudad. Jean nos saludó desde el camino y contemplamos su enorme silueta avanzando hacia nosotros.
– Si Jean fuera un árbol, sería un roble -sentenciaba siempre mi padre.
De hecho, los brazos de Jean eran más anchos que las piernas de la mayoría de la gente y sus manos eran tan grandes que estaba convencida de que podría aplastar cualquier roca entre ellas si quisiera.
Jean señaló el cielo.
– ¿No crees que quizá haya tormenta?
Mi padre contempló unas pocas nubes tenues que flotaban sobre nuestras cabezas.
– En todo caso, creo que lo que va a hacer es calor. Pero nunca se sabe, en esta época del año.
Acaricié a la mula mientras mi madre y mi tía le daban a mi padre una lista de productos que hacía falta comprar para la casa. Tía Yvette señaló algo en la lista y le susurró unas palabras al oído a mi padre. Me volví hacia las colinas, simulando que no me había dado cuenta. Pero sabía de lo que estaban hablando, había escuchado una conversación entre tía Yvette y mi madre la noche anterior. Mi tía quería comprar tela para hacerme un buen vestido para ir a la iglesia y para cuando viajara a la ciudad. Sabía que quería que mi vida fuera diferente de la suya.
