– Era lo único que nos daba esperanza -rememoraba Bernard.

Me quité las botas y empujé la puerta de la cocina. Mi madre y mi tía estaban colocando cuencos de porcelana en la encimera. Había una cesta de patatas cerca de la mesa, y me senté y comencé a pelarlas. Mi madre ralló un trozo de queso mientras mi tía picaba ajo. Íbamos a preparar mi plato favorito, el aligot: puré de patatas, queso, nata, ajo y pimienta, todo ello mezclado para formar una sabrosa pasta.

Mientras tío Gerome estuviera cazando fuera, éramos libres de ser nosotras mismas. Al tiempo que cocinábamos, mi tía nos contaba historias que había leído en libros y revistas, y mi madre nos relataba leyendas populares. Mi favorita era la historia de un párroco que estaba tan senil que una mañana apareció en la iglesia totalmente desnudo. Yo les cantaba canciones y ellas me aplaudían. Me fascinaba la cocina de mi tía, con su mezcla de pulcritud y desorden. La madera estaba impregnada de los aromas del aceite de oliva y el ajo. Cacharros de hierro fundido y sartenes de cobre de todos los tamaños colgaban de vigas encima del hogar, que había ennegrecido tras años de uso. Una mesa de convento ocupaba el centro de la habitación y sus bancos estaban cubiertos de cojines que expedían nubes de harina cada vez que alguien se sentaba sobre uno de ellos. Cualquier hueco libre de las baldas y encimeras estaba lleno de morteros y almireces, jarras de agua y cestas de mimbre forradas de muselina.

Tal y como mi padre había predicho, cuando llegó el mediodía hacía calor y nos sentamos en el patio a disfrutar de nuestro pequeño festín. Pero por la tarde, cuando fui a buscar agua al pozo, las nubes comenzaron a proyectar lúgubres sombras sobre el valle.



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