– Menos mal que se han puesto ropa impermeable -observó tía Yvette mientras les echaba las mondaduras de las patatas a las gallinas-. A estas horas, ya deben de estar de vuelta. Si la tormenta estalla, se van a mojar bastante.

Comenzó a lloviznar ligeramente, pero las nubes en dirección a Sault eran mucho más siniestras. Me senté junto a la ventana de la cocina, deseando que mi padre y Jean tuvieran un buen viaje de regreso. Había caído un repentino aguacero el día que yo fui con mi padre y tío Gerome a la Feria de la Lavanda en agosto, y una de las ruedas de nuestro carro se había quedado atascada en el barro. Tardamos tres horas en sacarla y ponernos de nuevo en marcha.

El destello de un rayo centelleó en el cielo. El estruendo del trueno que resonó a continuación me sobresaltó.

– Apártate de la ventana -me ordenó tía Yvette, acercándose para cerrar los postigos-. Por mucho que mires el camino, no van a llegar antes.

Hice lo que me decía y me senté a la mesa. Mi madre estaba hundida en su asiento, contemplando algo fijamente. Miré hacia atrás y vi que el reloj que había encima de la chimenea se había parado. Mi madre tenía el rostro blanco como una sábana.

– ¿Estás bien, Maman?

No me oyó. A veces pensaba que era como una gata, desapareciendo en las sombras, capaz de ver sin ser vista, y reapareciendo de la oscuridad cuando lo deseaba.

– Maman? -susurré.

Quería que hablara, que me ofreciera alguna palabra de aliento, pero estaba callada como la luna.

Durante la cena, tío Gerome pinchó la verdura y cortó la carne furiosamente.

– Lo más seguro es que hayan decidido quedarse en la ciudad -murmuró entre dientes.

Tía Yvette me convenció de que tío Gerome tenía razón, y de que los dos hombres probablemente habrían decidido pasar la noche en el establo del carretero o en el cobertizo del herrero. Me hizo la cama en una de las habitaciones de la planta de arriba para que no tuviera que correr bajo la lluvia hasta nuestra casa. Mi madre y tío Gerome se sentaron junto al fuego. Por la manera en la que tío Gerome hacía rechinar los dientes, me pareció que no acababa de creerse su propia suposición.



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