Me tumbé en la cama, escuchando la lluvia sobre las tejas, y canturreé suavemente para mí misma. Debí de quedarme dormida poco después, porque lo siguiente que oí fueron los violentos golpes en la puerta de la cocina. Salté de la cama y corrí a mirar por la ventana. La mula estaba allí, bajo la lluvia, pero no había ni rastro del carro. Oí voces abajo y me vestí a toda prisa.

Jean Grimaud estaba junto a la puerta, chorreando agua sobre las baldosas de la entrada. Tenía un profundo corte en la frente y la sangre le caía sobre los ojos. Tío Gerome tenía el rostro gris como la piedra.

– ¡Habla! -le espetó a Jean-. ¡Dinos algo!

Jean miró a mi madre con ojos atormentados. Cuando abrió la boca para hablar y no salió de ella ningún sonido, lo supe. No había nada que decir. Mi padre ya no estaba entre nosotros.


Capítulo 2

– ¡No hay más que hablar! -bramó tío Gerome, golpeando la palma de la mano contra la mesa de la cocina-. Simone se va a trabajar para tía Augustine a Marsella.

Mi madre, tía Yvette y yo nos sobresaltamos por la intensidad de su enfado. ¿Aquel era realmente el mismo hombre al que la semana anterior, junto a la tumba de mi padre, se le había desfigurado el rostro por el dolor? Parecía haberse recuperado de la conmoción de la muerte de su hermano del mismo modo que cualquier otro hombre hubiera superado una gripe. Durante los dos últimos días, había estado inmerso en los libros de contabilidad, cuadrando números.



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