– La educación supone un desperdicio aún mayor en las mujeres que en los hombres. Y en cuanto a Bernard, no te engañes pensando que tiene dinero. Todo lo que ha ganado en su vida ya se lo ha gastado en coches y en sus correrías por la Costa Azul.

Aquella noche, mi madre y yo nos acostamos abrazadas, como habíamos hecho todos los días desde la noche del accidente. Escuchamos el aullido del mistral. El viento había comenzado como una tenue corriente bajo la puerta, para convertirse en un intermitente aullido fantasmal que doblaba los cipreses y gemía por los campos. Ambas habíamos llorado tanto desde la muerte de mi padre que pensé que nos quedaríamos ciegas de las lágrimas. Miré de reojo la silueta del Cristo crucificado junto a la puerta y me di la vuelta. Resultaba cruel que mi padre hubiera sobrevivido a las heridas de metralla para que la naturaleza hubiera terminado con él de aquella manera.

«Todo sucedió tan rápido que ni siquiera debió de darse cuenta de lo que estaba pasando», fue el único consuelo que el párroco pudo ofrecernos.

Efectivamente, todo había sucedido tan rápido que aún no podía creer que fuera cierto. Veía a mi padre por todas partes: su silueta agachada junto al pozo o sentado en su silla, esperándome para que me uniera a él en el desayuno. Durante unos pocos segundos felices, me convencía de que su muerte solo había sido una pesadilla, hasta que la imagen se desvanecía y me percataba de que no había visto nada más que la sombra de un árbol o el perfil de una escoba.

Mi madre, siempre reservada, se refugió aún más en su silencio. Creo que se preguntaba por qué le habían fallado sus poderes, por qué no había sido capaz de prever la muerte de mi padre para advertirle. Sin embargo, ella misma decía que había cosas que no debíamos saber, cosas que no podían preverse o evitarse. Le toqué el brazo: su piel estaba fría como el hielo; cerré los ojos y traté de contener más lágrimas dolorosas, temiendo el día en que la perdiera a ella también.



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