
Por lo menos, mi madre tenía a tía Yvette. ¿Quién era aquella tía Augustine? Mi padre nunca la había mencionado. Lo único que nos contó tío Gerome fue que era la hermana de su padre y que se había casado con un marinero, que poco después murió en el mar. Tía Augustine regentaba una casa de huéspedes, pero ahora que era mayor y padecía de artritis, necesitaba una sirvienta que también cocinara. A cambio, me alimentaría, pero no me pagaría. Me pregunté de dónde habría salido la generosidad y la bondad de mi padre. Todos los demás Fleurier parecían ser descendientes directos de Judas: preparados para vender a sus familiares por treinta monedas de plata.
Bernard vino una semana después para llevarme a Carpentras, desde donde cogería un tren a Marsella. Tía Yvette lloró y me dio un beso.
– No te preocupes por Olly -me susurró-. Yo cuidaré de él.
Casi no podía mirar a mi gato, que estaba orinando sobre los neumáticos del coche de Bernard, y menos a mi madre. Se quedó unto a la puerta de la cocina haciendo una mueca con los ojos llenos de tristeza. Me clavé las uñas en las palmas de las manos. Me prometí a mí misma que, por el bien de mi madre, no lloraría.
Lo único que tenía para llevarme conmigo era un hatillo de ropa dentro de un pañuelo. Se lo entregué a Bernard, que lo metió en el coche. Mi madre avanzó y me apretó la mano. Algo punzante me pinchó la palma. Cuando apartó los dedos, vi que me había dado un medallón y unas cuantas monedas. Me eché ambas cosas disimuladamente en el bolsillo y le di un beso a mi madre. Nos quedamos largo rato fundidas en un abrazo, pero ninguna de las dos fue capaz de decir nada.
Bernard abrió la portezuela del coche y me ayudó a sentarme en el asiento del copiloto.
