
– ¡Trabaja duro, Simone! Tía Augustine no tolerará ninguna tontería y yo no te aceptaré de vuelta si ella te echa.
La estación de Carpentras parecía un mercado ambulante. Los pasajeros de primera y segunda clase se subían al tren civilizadamente, pero los de tercera se peleaban por los asientos y los lugares para colocar sus gallinas y conejos y todo el resto de bártulos que planeaban llevarse consigo. Mientras sorteaba un cerdo, pensé que aquello era como el arca de Noé.
Bernard le mostró a uno de los revisores mi billete.
– Viaja sola -le explicó-. Nunca antes ha montado en tren. Si le pago la diferencia de tarifa, ¿puede ponerla en uno de los vagones de segunda clase con alguna señorita?
El revisor asintió con la cabeza.
– Tendrá que viajar en tercera clase hasta Sorgues -replicó-. Pero después puedo conseguirle un asiento en segunda hasta Marsella.
¿Por qué Bernard pensaba más en mi comodidad y seguridad que mi propio tío, que se contentaba con enviarme en tercera clase con quién sabe qué gente?
Bernard le pasó disimuladamente algo de dinero al revisor y el hombre me ayudó a subir la escalerilla y a sentarme en un asiento en la parte delantera del vagón. Sonó el silbido del tren, y el cerdo chilló y las gallinas cloquearon. Bernard me dijo adiós con la mano desde el andén.
– Encontraré un modo de ayudarte, Simone -me aseguró a través de la ventanilla abierta-. La próxima vez que consiga algo de dinero extra te lo enviaré.
