Una nube de hollín y humo inundó el ambiente. El tren inició la marcha. No aparté la mirada de Bernard hasta que salimos de la estación. Cuando me senté, recordé el medallón que mi madre me había dado. Me lo saqué del bolsillo y lo abrí. Contenía una fotografía de mis padres el día de su boda. Yo tenía cinco años cuando mi padre se marchó a la guerra y apenas podía recordar su aspecto antes de las heridas. El atractivo y atento rostro que me contemplaba desde la fotografía hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Miré por la ventanilla y vi pasar granjas y bosques a gran velocidad. Después de un rato, vencida por la pena, el calor del vagón y el efluvio de cuerpos sin asear, me quedé dormida. El tren traqueteaba sobre las vías a un ritmo constante, frenando tan gradualmente que yo apenas lo percibía.

Llegamos a Marsella a última hora de la tarde. El viaje en tercera clase me resultó más agradable, a pesar del ruido y el olor de los animales, que el tiempo que pasé en segunda. Cuando llegamos a Sorgues, el revisor me acompañó al tren ómnibus que se dirigía a Marsella, y le dijo al revisor allí que me diera un asiento en un compartimento. Me puso con dos mujeres que volvían de París.

– Está sola -les explicó el revisor-. Por favor, vigílenla.

No pude evitar contemplar el atuendo de aquellas mujeres. Sus vestidos eran de seda con escotes en forma de pico en lugar de redondeados. Más que ceñirse a sus cinturas, sus cinturones eran sueltos y caían a la altura de las caderas. Llevaban unas faldas tan cortas que podía verles las espinillas cuando cruzaban las piernas. Sin embargo, sus sombreros eran simples y flexibles, y me recordaban a las flores de las enredaderas. Cuando les pregunté si podían contarme algo sobre Marsella, fingieron que no me entendían. Después, las vi poniendo los ojos en blanco cuando saqué la salchicha de ajo que tía Yvette me había envuelto para la comida.

– Esperemos que no nos pegue los piojos -le susurró una mujer a la otra.



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