
– Dime, Simone, ¿hay un riachuelo colina abajo, cerca de aquellos enebros? -me preguntó.
Estaba en lo cierto, aunque no se veían los enebros desde donde nos encontrábamos y el riachuelo no era más que un hilo de agua.
Mi madre y tía Yvette se movían de aquí para allá por la cocina limpiando los restos del desayuno: salchichas, queso de cabra, huevos cocidos y pan con aceite. Tía Yvette se metió la mano en el bolsillo del delantal en busca de sus gafas y se las puso para comprobar si había algo que mereciera la pena guardar sobre la mesa revuelta.
– ¿Y yo qué? -protesté, cogiendo un trozo de pan de un plato antes de que mi madre lo retirara.
Me sonrió. Llevaba su oscura cabellera peinada en un moño alto. Mi padre le decía que era su españolita, por el tostado tono de su piel, que yo había heredado de ella. La piel de mi madre era más clara que la de los trabajadores que acababan de llegar, pero mucho más oscura que la de los Fleurier, que, aparte de mí, siempre habían sido de pelo claro y ojos azules. Las cejas blancas y la piel sin pigmentación de tía Yvette estaban en el otro extremo de la escala: ella era la sal y mi madre la pimienta.
Mi padre se echó las manos a la cabeza y simuló una expresión dolida:
– Ah, ¡siempre pensando antes en la comida que en los hombres de tu vida! -me dijo.
Lo besé en ambas mejillas y también en la cicatriz donde debiera haber estado su ojo izquierdo. Después me incliné y también le di un beso a Bernard.
– Ten cuidado con el traje de Bernard -me advirtió tía Yvette.
– No hay de qué preocuparse -repuso Bernard. Después se volvió hacia mí y me dijo-: ¡Cómo has crecido, Simone! ¿Cuántos años tienes ya?
– Cumpliré catorce el mes que viene.
Me senté junto a mi padre y me aparté el pelo hacia los hombros. Mi madre y mi tía se intercambiaron una sonrisa. Mi padre empujó su plato hacia mí.
