
Sonreí educadamente, comprendiendo por mi posición en la esquina más baja de la mesa, cerca de la puerta de la cocina, que yo no era más que una sirvienta y que no debía inmiscuirme en la conversación.
Monsieur Bellot se estiraba del lóbulo de la oreja y no decía nada aparte de «por favor» y «gracias». Durante la comida, de la que monsieur Roulin comentó que era la mejor que había tomado en meses, monsieur Bellot mostró una expresión perpleja, soñadora y luego seria, como si estuviera manteniendo un animado diálogo interno. Todas las cosas de las que carecía monsieur Roulin, parecían estar duplicadas en monsieur Bellot: sus dientes eran enormes, como los de un asno, su pelo formaba un matojo despeinado alrededor de la cabeza y sus extremidades eran tan largas que no tenía necesidad de estirarse para coger la jarra de agua que se encontraba en mi extremo de la mesa.
Ghislaine estaba sentada a mi lado. Me sorprendía que alguien que trabajaba en la lonja de pescado pudiera oler tan bien. Su piel despedía un aroma suave a melocotones frescos y el pelo le olía como el suntuoso aceite de oliva que se utilizaba para producir jabón de Marsella. Guiñó los ojos a modo de sonrisa cuando monsieur Roulin me sorprendió mirándole el muñón y exclamó:
– ¡Fue un tiburón tan grande como un transatlántico junto a la costa de Madagascar!
Percibí por las risas y el intercambio de miradas de los otros comensales que aquella historia no era cierta. El ángulo de amputación era demasiado limpio, por lo que debía de ser la consecuencia de un accidente con una máquina o de una operación quirúrgica realizada por un médico. No le miré el muñón con repugnancia, sino con interés. La cicatriz retorcida del ojo de mi padre me había enseñado que las desfiguraciones externas no lograban acabar con los corazones que albergaban bondad.
Después de que lavara los platos, tía Augustine me puso a hacer el resto de mis tareas diarias, que incluían vaciar el cubo con tapa de la planta superior en el inodoro del patio. A continuación, pasó el dedo por el aparador del comedor y examinó la marca de polvo que se le había quedado en la punta.
