
– He cogido doble ración esta mañana -me dijo-. Una para mí y otra para ti.
Le di otro beso.
Había un cuenco con romero seco sobre la mesa y espolvoreé un poco sobre el pan.
– ¿Por qué no me habéis despertado antes?
Tía Yvette me acarició los hombros.
– Hemos pensado que era importante que durmieras.
Le olían las muñecas a rosas y supe que se había probado el perfume que Bernard siempre traía consigo de Grasse. Tía Yvette y Bernard eran los únicos que ejercían una influencia civilizada en nuestras vidas: aunque tío Gerome era el hacendado más rico de nuestra región, no habríamos sabido lo que era un bidet o un croissant si no hubiera sido por ellos.
Mi madre sirvió una copa de vino para mi padre y rellenó la de Bernard, que estaba a la mitad. Cuando se volvió hacia el armario, le echó una mirada a mis alpargatas.
– Bernard tiene razón -me dijo-. ¡Estás creciendo tan rápido! Cuando venga el buhonero el mes que viene, tenemos que comprarte unas buenas botas. Te vas a desgastar los dedos de los pies si sigues poniéndote eso.
Nos sonreímos mutuamente. Yo no contaba con el don de mi madre de leerle la mente a los demás, pero cuando la miraba a la cara -con su expresión tranquila, reservada y orgullosa- siempre percibía el amor que sentía por mí, su única hija.
– El año que viene no sabrá qué hacer con todos los pares de zapatos que tendrá -declaró mi padre.
El y Bernard brindaron.
Tío Gerome escuchó las últimas palabras de mi padre al entrar por la puerta.
– No, si no nos ponemos a trabajar con la lavanda inmediatamente -sentenció.
– Ah, sí -exclamó Bernard, poniéndose en pie-. Yo mejor me marcho. Tengo que visitar otras dos fincas más antes de la tarde.
– ¿Les llevo a los gitanos un poco de comida? -pregunté-. Seguramente estarán hambrientos, después de su viaje.
Mi padre me revolvió el pelo, aunque me lo acababa de peinar.
