
—Sí, estaba soñando. —Vozmuzhalnoy, Moozh, tiritó al recordar—. Vaya sueño.
—¿Era portentoso?
—Espantoso.
—Cuéntame. Algo entiendo de sueños.
—Sí, lo sé, como algo entiendes de mujeres. Cuando terminas con ellas, dicen lo que tú quieres.
Plod rió, pero aguardó. Moozh ignoraba por qué era reacio a contarle ese sueño a Plod. Le había contado muchos otros.
—Pues bien, he aquí mi sueño. Vi a un hombre de pie en un claro, alrededor de él volaban criaturas horribles… no eran aves, pues tenían pelaje, y eran mucho más grandes que los murciélagos. Volaban en círculos, y descendían para tocarlo. El hombre se quedaba quieto. Y cuando lo hubieron tocado, todas se elevaron, salvo una, que se le posó en el hombro.
—Ah —dijo Plod.
—No he concluido. De inmediato salieron ratas gigantes de unos hoyos que había en el suelo. Tenían un metro de largo y la mitad de la altura de un hombre. Y una por una, todas fueron tocándolo.
—¿Cómo? ¿Con los dientes? ¿Con las garras?
—Y los hocicos. Lo tocaban, no sé nada más. No me distraigas.
—Perdón.
—Cuando todas lo hubieron tocado, se marcharon.
—Excepto una.
—Sí. Se le aferró a la pierna. Ya vas captando la idea.
—¿Qué sucedió luego?
Moozh tiritó. Había sido lo más espantoso, pero no comprendía por qué.
—Gente.
—¿Gente? ¿Iba a tocarlo?
—A besarlo. Las manos, los pies. A adorarlo. Miles de personas. Pero no sólo besaban al hombre. También besaban a esa criatura volante. Y a la rata gigante que se le aferraba a la pierna. Los besaban a todos.
—Ah —dijo Plod. Parecía preocupado.
—¿Y bien? ¿Qué es? ¿Qué profetiza?
—Obviamente el hombre que viste es el imperátor.
A veces las interpretaciones de Plod eran certeras, pero el corazón de Moozh se negaba a asociar al imperátor con el hombre del sueño.
