
—¿Por qué es tan claro? No se parecía en nada al imperátor.
—Porque toda la naturaleza y toda la humanidad lo adoraban.
Moozh se encogió de hombros. No era una de las interpretaciones más sutiles de Plod. Por otra parte, nunca había oído decir que los animales amaran al imperátor, que se consideraba un gran cazador. Claro que sólo cazaba en sus parques, donde los animales estaban domesticados y no temían a los hombres, y los depredadores estaban entrenados para aparentar ferocidad pero no atacar nunca. El imperátor representaba su papel en una elocuente demostración de la lucha entre el hombre y la bestia, pero no corría el menor peligro, a diferencia de esos animales desprevenidos y expuestos a sus rápidos dardos, su recta jabalina, su afilada espada. Si esto era adoración, si esto era la naturaleza, pues sí, podía decirse que toda la naturaleza y la humanidad adoraban al imperátor…
Plod ignoraba estos pensamientos de Moozh; si alguien tenía la mala suerte de abrigar pensamientos irrespetuosos acerca del imperátor, procuraba no poner a los amigos en el mal trance de conocerlos.
Plod continuó con su interpretación del sueño de Moozh.
—¿Qué profetiza esta adoración del imperátor? Nada en sí misma. Por el hecho de que te repugnara, ese rostro que te hizo retroceder horrorizado…
—¡Besaban a una rata, Plod! Besaban a esa repulsiva criatura volante…
Plod lo miró en silencio.
—No me horroriza que la gente adore al imperátor. Yo mismo me he arrodillado ante el Trono Invisible, y me he sentido impresionado por su presencia. No era horrible, sino… edificante.
—Eso dices tú —declaró Plod—. Pero los sueños no mienten. Tal vez necesites purgarte de algún mal que anida en tu corazón.
—Oye, fuiste tú quien dijo que mi sueño era sobre el imperátor. ¿Por qué no pudo ser cualquier otro hombre… el gobernador de Basílica?
