
—Porque la despreciable ciudad de Basílica tiene un gobierno de mujeres.
—Pues cualquier otra ciudad, entonces. Aun así, creo que el sueño fue sobre…
—¿Sobre qué?
—¿Cómo voy a saberlo? Me purgaré, por si tienes razón. No soy un intérprete de sueños. —Esto le obligaría a perder varias horas en la tienda del intercesor. Era una lata, pero también era políticamente necesario pasar allí varias horas por mes, pues de lo contrario los rumores sobre su impiedad llegarían hasta Gollod, donde el imperátor decidía quién merecía el mando y a quién correspondía la degradación o la muerte. Moozh pensaba visitar el tabernáculo del intercesor de todos modos, pero lo detestaba tanto como un niño detesta un baño—. Déjame en paz, Plod. Me has hecho muy desdichado.
Plod se arrodilló y cogió la mano derecha de Moozh entre las suyas.
—Ah, perdóname.
Moozh lo perdonó al instante, pues eran amigos. Esa mañana salió a matar a los jefes de varias aldeas khlami. Los aldeanos juraron de inmediato su amor y devoción al imperátor, y cuando el general Vozmuzhalnoy Vozmozhno fue ese atardecer a purgarse en el santo tabernáculo, el intercesor lo perdonó de buen grado, pues ese día el general había enaltecido el honor y la majestad del imperátor.
EN BASÍLICA, Y NO EN UN SUEÑO
Acudían desde toda la ciudad de Basílica para oír cantar a Kokor, y a ella le encantaba ver sus rostros radiantes cuando salía al escenario y los músicos tañían sus cuerdas o soplaban sus instrumentos de viento, con ese sonido suave y susurrante que siempre era su acompañamiento. Kokor cantará para nosotros, decían sus rostros. Esa expresión le gustaba más que cualquier otra, más que la de un hombre espoleado por el deseo en el instante del gozo. A un hombre le importaba poco quién le brindara los placeres del amor, pero al público le importaba mucho que fuera Kokor quien ocupara el escenario y articulara las raudas notas con esa voz lírica y dulce que flotaba sobre la música como pétalos en un arroyo.
