
Al menos así deseaba que fuera. Así lo imaginaba, hasta que salía al escenario y veía las miradas. El público de esa noche era mayoritariamente masculino. Hombres que la exploraban con los ojos. Debería negarme a cantar en comedias, se repitió. Debería exigir que me tomaran con tanta seriedad como a mi querida hermana Sevet, con su voz grave y masculina, su voz de rana amanerada. A ella la miran con expresión de éxtasis estético. Hombres y mujeres. No la desnudan con la mirada. Tiene un cuerpo tan rechoncho que no vale la pena desnudarlo, y la pobrecilla se mueve con mucha torpeza. Todos cierran los ojos y la escuchan, que es mucho mejor que mirarla.
Qué mentira. Qué mentirosa soy, incluso conmigo misma.
No debo ser tan impaciente. Sólo es cuestión de tiempo. Sevet es mayor, yo apenas he cumplido dieciocho años. Ella también tuvo que actuar en comedias durante un tiempo, hasta que se hizo famosa.
Kokor recordaba las anécdotas de su hermana en esos primeros tiempos, más de dos años atrás, cuando Sevet tenía casi diecisiete: continuamente debía aplacar el ardor de sus admiradores, que se empeñaban en entrar fogosamente en el camerino, hasta que ella contrató a un guardaespaldas para desalentar a los más apasionados. «Es todo cuestión de sexo — decía entonces Sevet—. Las canciones, los espectáculos, hablan de sexo, y con eso sueñan los espectadores. Procura no hacerles soñar más de la cuenta.»
¿Buen consejo? Claro que no. Cuanto más soñaran con ella, más dinero valdría su nombre en los folletos que anunciaban la obra. Hasta que al fin, con un poco de suerte, el folleto ni siquiera mencionaría el espectáculo. Sólo a la protagonista, y el lugar, el día y la hora… y cuando ella apareciera habría cientos de espectadores, y cuando sonara la música no la mirarían con esos ojos procaces, sino como si fuera un sueño etéreo.
