
Kokor caminó hacia su lugar en el escenario, oyó los aplausos. Se volvió hacia el público y entonó una nota aguda y vibrante.
—¿Qué es eso? —preguntó Gulya, el actor que representaba al viejo libidinoso—. ¿Ya estás gritando? Pero si ni siquiera te he tocado.
El público rió, pero no demasiado. Esta obra tenía problemas. Era floja desde el principio, y Kokor lo sabía, pero con esas risas desganadas no llegarían muy lejos. Dentro de pocos días tendría que comenzar otro ensayo. Otra obra. Debería memorizar más letras estúpidas y melodías absurdas.
Sevet escogía sus canciones. Los compositores acudían a ella para rogarle que cantara sus obras. Sevet no tenía que desperdiciar la voz buscando las carcajadas del público.
—No estaba gritando —cantó Kokor.
—Estás gritando ahora —entonó Gulya, y se acercó para manosearla. Su voz de bajo profundo siempre resultaba graciosa cuando la usaba así, y el público respondió. Quizá pudieran salvar la obra, a pesar de todo.
—¡Pero ahora me estás tocando! —repitió Kokor, elevando la voz en una nota agudísima que quedó suspendida en el aire…
Como el aleteo de un ave, para quien supiera apreciar la belleza.
Gulya esbozó una mueca y le apartó la mano de los senos. Kokor bajó la voz dos octavas. Oyó risas. Las risas más entusiastas hasta el momento. Pero sabía que la mitad del público se reía porque Gulya giraba cómicamente al apartarle la mano del pecho. Era un auténtico maestro. Era una lástima que su estilo de payaso hubiera pasado de moda. El mejoraba con la edad, pero estaba perdiendo su público. Los espectadores buscaban a los escritores satíricos jóvenes más ácidos y virulentos, la comedia violenta, brutal, hiriente.
La escena continuó. Estallaron más risas. La escena terminó. Aplausos. Kokor abandonó el escenario aliviada. Y también decepcionada. Ningún espectador la vitoreaba, nadie había gritado su nombre ni una sola vez. ¿Cuánto más tendría que esperar?
