
—Demasiado bonito —rezongó Tumannu, la productora teatral—. Esa nota debe sonar como si llegaras al orgasmo. No como un pájaro.
—Sí, sí —dijo Kokor—. Lo lamento.
Siempre decía que sí a todo y después actuaba a su antojo. Esta comedia no valía la pena si no podía lucir la voz de vez en cuando. Y hacía reír cuando actuaba a su manera, ¿o no? Nadie podía reprocharle su actuación. Tumannu sólo quería que fuera sumisa, y Kokor se resistía. La sumisión era para los hijos, los esposos y los animales domésticos.
—No como un pájaro —repitió Tumannu.
—¿Por qué no puede ser un pájaro llegando al orgasmo? —preguntó Gulya, que regresaba del escenario.
Kokor rió entre dientes e incluso Tumannu sonrió de mala gana.
—Alguien te espera, Kyoka —dijo Tumannu.
Era un hombre. Pero no un admirador de su obra, pues en ese caso habría estado en el frente, contemplando su actuación. Kokor lo había visto antes. Sí, aparecía de vez en cuando, cuando Wetchik, el esposo permanente de Madre, iba de visita. Era el mayordomo de Wetchik. Administraba la tienda de flores exóticas cuando Wetchik salía con una caravana. ¿Cómo se llamaba?
—Soy Rashgallivak —dijo él, con suma gravedad.
—¿Sí?
—Lamento informarte de que tu padre ha sido víctima de un acto de violencia.
La desconcertada Kokor tardó un instante en comprenderlo.
—¿Alguien le ha herido?
—Fatalmente.
—Oh —dijo Kokor, desconcertada por la respuesta—. ¿Eso significa que está… muerto?
—Lo atacaron en la calle y lo mataron a sangre fía —asintió Rashgallivak.
Kokor no se sorprendió. Últimamente Padre se había portado como un déspota, al enviar a todos esos soldados enmascarados a las calles. Aterraba a todo el mundo. Pero Padre era tan fuerte y enérgico que costaba imaginar que alguien pudiera frustrar sus planes por mucho tiempo. Y mucho menos para siempre.
