– ¡Dottori,ah, dottori dottori!

– ¿Qué pasa, Catarè?

– Hay una siñora que lo espera.

– ¿A mí?

– A usted personalmente en persona no lo ha dicho, ha dicho que quería hablar con uno de la policía.

– ¿Y no podía decírtelo a ti?

– Dottori, quería hablar con uno supirior a mí.

– ¿No está el dottor Augello?

– No, siñor dottori, ha tilifoniado que llega tarde con retraso porque se retrasó.

– ¿Y eso por qué?

– Dice que anoche el chiquillo se encontró mal y esta mañana va el médico dottori.

– Catarè, no hace falta que digas el médico dottori, basta y sobra con decir doctor.

– No basta, dottori. Puede haber una cunfusión. Usía, por ijempio, es dottori pero no médico.

– Pero ¿y la madre? ¿Beba? ¿No podría quedarse ella a esperar la visita del dot… del médico?

– Sí, siñor dottori, la siñora Beba está. Pero él dice que también quiere estar prisente.

– ¿Y Fazio?

– Fazio está con un chico.

– ¿Qué ha hecho ese chico?

– Él nada, dottori. Muerto está.

– ¿Y cómo ha muerto?

– Soberedosi, dottori.

– Muy bien pues, vamos a hacer una cosa. Yo voy a mi despacho, tú dejas transcurrir unos diez minutos y después me mandas a la señora.

Estaba enfadado con Mimì Augello. Desde que naciera el niño, pasaba más tiempo con él del que antes pasaba con las mujeres. Había perdido la cabeza por su hijo Salvo. Pues sí, porque a Montalbano no sólo lo habían hecho padrino, sino que, además, le habían dado la bonita sorpresa de bautizar al crío con su nombre.

– Pero, Mimì, ¿no podríais ponerle el nombre de tu padre?

– Verás, es que se llama Eusebio.

– Pues entonces el del padre de Beba.

– Peor que caminar de noche. Se llama Adelchi, como el de la tragedia de Manzoni.

– Mimì, a ver si lo entiendo. ¿El verdadero motivo de que le hayáis puesto mi nombre es que el de los demás os parecen raros?



4 из 176