– ¡Pero no digas bobadas! En primer lugar es por el afecto que siento por ti, que eres como un padre para mí, y además…

¿Un padre? ¿Con un hijo como Mimì?

– ¡Anda y que te den por culo!

Ante la noticia de que el nasciturus se iba a llamar Salvo, Livia experimentó un tremendo arrebato de llanto. Había ciertas ocasiones especiales que la conmovían profundamente.

– ¡Mira cómo te quiere Mimì! Y tú, en cambio…

– Vaya, hombre, ¿conque me quiere? ¿Tú sabes quiénes son Eusebio y Adelchi?

Y desde que naciera el crío, Mimì aparecía y desaparecía de la comisaría en un santiamén: ahora Salvo (júnior, naturalmente) tenía diarrea, ahora le habían salido unas manchitas rojas en el culito, ahora tenía eructos, ahora no quería mamar…

Se había quejado de ello por teléfono a Livia.

– Ah, ¿sí? ¿Y qué tienes tú que reprocharle a Mimì? ¡Eso significa que es un padre que quiere a su hijo, que se preocupa por él!

Le había colgado el teléfono.

Examinó el correo de la mañana que Catarella le había dejado encima de la mesa. En virtud de un pacto con la oficina de correos y debido a que algunas veces se pasaba dos días sin ir a casa, la correspondencia privada dirigida a Marinella se la llevaban a la comisaría. Había sólo unas cartas oficiales, que apartó; no le apetecía leerlas, se las pasaría a Fazio en cuanto éste regresara.

Sonó el teléfono.

– Dottori, está el dottori Latte con ese al final.

Lattes, el jefe de gabinete del jefe superior de policía. Con horror y estupor, Montalbano había descubierto poco tiempo atrás que Lattes tenía un clon en la persona de un honorable portavoz que siempre salía en la tele, con el mismo aire de sacristía, la misma piel rosada y cerduna por falta de barba, la misma boquita de agujero de culo, la misma hipócrita untuosidad, su vivo retrato.



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