– Mi querido Montalbano, ¿cómo va todo?

– Bien, dottore.

– ¿Y la familia? ¿Los niños? ¿Todo bien?

Le había explicado un millón de veces que ni estaba casado ni tenía hijos ilegítimos, pero no había manera. Estaba emperrado.

– Todo bien.

– Gracias a la Virgen. Oiga, Montalbano, el señor jefe superior quisiera hablar con usted esta tarde a las diecisiete horas.

¿Y por qué quería hablar con él? El señor jefe superior Bonetti-Alderighi evitaba cuidadosamente verlo, prefería convocar a Mimì. Debía de tratarse de algún incordio impresionante.

La puerta se abrió violentamente, golpeando contra la pared, y Montalbano pegó un brinco en la silla. Apareció Catarella.

– Pido pirdón, dottori, se me ha escapado la mano. Los diez minutos acaban de pasar ahora mismito como usía mi ha dicho.

– Ah, ¿sí? ¿Ya han pasado diez minutos? ¿Y a mí qué coño me importa?

– La siñora, dottori.

Lo había olvidado por completo.

– ¿Ha vuelto Fazio?

– Todavía no todavía, dottori.

– Hazla pasar.

Una casi cuarentona, a primera vista una hija de María superviviente, mirada baja detrás de las gafas, cabello recogido en un moño, manos cerradas fuertemente sobre el bolso, enfundada en un horroroso y holgado vestido gris que no permitía adivinar lo que había debajo, pero con unas bonitas y largas piernas a pesar de las medias gruesas y los zapatos sin tacón. Permaneció indecisa en la puerta, contemplando la franja de mármol blanco que separaba las baldosas del pasillo de las del despacho de Montalbano.

– Adelante, adelante. Cierre la puerta y tome asiento.

Ella así lo hizo, acomodándose en el borde del asiento de una de las dos sillas delante del escritorio.

– Dígame, señora.

– Señorita. Michela Pardo. Y usted es el comisario Montalbano, ¿verdad?

– ¿Nos conocemos?

– No, pero lo he visto en la tele.



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