– La escucho.

Pareció turbarse más que al principio. Acomodó mejor las posaderas sobre la silla, se miró la punta de un zapato, tragó dos veces saliva, abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

– Se trata de mi hermano Angelo. -Y se detuvo, como si al comisario le bastara saber que su hermano se llamaba Angelo para captar a la velocidad de un rayo toda la historia.

– Señorita Michela, usted comprenderá que…

– Comprendo, comprendo. Angelo ha… ha desaparecido. Desde hace dos días. Perdone, estoy muy preocupada y confusa y…

– ¿Cuántas años tiene su hermano?

– Cuarenta y dos.

– ¿Vive con usted?

– No, por su cuenta. Yo vivo con mamá.

– ¿Su hermano está casado?

– No.

– ¿Tiene novia?

– No.

– ¿Y por qué dice que ha desaparecido?

– Porque no pasa ni un día sin que venga a ver a mamá. Y si tiene que irse, nos avisa. Hace dos días que no da señales de vida.

– ¿Ha intentado usted llamarlo?

– Sí. A casa y al móvil. No contesta nadie. Fui incluso a su casa. Llamé largo rato al timbre antes de decidir abrir.

– ¿Tiene llaves de la casa de su hermano?

– Sí.

– ¿Y qué encontró?

– Todo estaba en perfecto orden. Y tuve miedo.

– ¿Su hermano padece alguna enfermedad?

– Para nada.

– ¿A qué se dedica?

– Es informador.

Montalbano se quedó de piedra. ¿Acaso ser informador, es decir, espía, se había convertido en un oficio reconocido, con paga doble de Navidad y vacaciones pagadas, como, por ejemplo, el del arrepentido con sueldo fijo? Lo aclararía más adelante.

– ¿Se mueve a menudo?

– Sí, pero se encarga de una zona muy restringida. Prácticamente no sobrepasa los límites de la provincia.

– En resumen, ¿usted desearía presentar una denuncia por desaparición?

– No… no sabría.

– Tengo que advertirle, sin embargo, que nosotros no podemos actuar de inmediato.



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